martes 21 de abril de 2009

¿INTEGRACIÓN GITANA? LA RAZA COMO PROBLEMA

El título quizá desprenda aromas de grosero sensacionalismo o parezca pretender atraerse, en deliberada maniobra provocativa, la atención del lector. Aunque esto sea, a priori, complicada aspiración. A estas alturas de la función es difícil que nada pueda sorprendernos dado el inicuo nivel de escabroso espectáculo adquirido por toda exhibición pública destinada a excitar los sentidos. El morbo vende. Observamos un accidente, ambulancias, bullicio y nos abalanzamos poseídos por una macabra curiosidad. Esto lo saben bien aquellos que confeccionan las programaciones televisivas, la prensa escrita, la publicidad electoral o comercial (buena muestra de ello es el reciente y vergonzoso show audiovisual montado en torno al asesinato de una joven sevillana: los buitres mediáticos no conocen límite en su desesperado afán por engordar las audiencias y vulgarizar a la plebe). La psicología de masas es una “ciencia” fundamental para el sostenimiento del statu quo, pero también tiene su talón de Aquiles: sólo es aplicable a la masa. La personalidad fuertemente diferenciada, el hombre de valía son fortalezas impredecibles e inescrutables. No se los puede gobernar. Y por eso son peligrosos. Pero eso es harina de otro costal.

El núcleo de la cuestión es que, pese a hallarnos en pleno tornado de disparatadas modas, escándalos y polémicas programados para generar determinadas pautas de consumo o conductas sociales (curiosamente siempre en sentido disolvente y destructivo), hay ciertos asuntos, temas que en la era de la “libertad de información” siguen siendo tabúes. El rey de ellos es sin duda el “problema racial”, si es que lo hay, porque de tanto soslayarlo los medios mayoritarios podemos llegar ingenuamente a la conclusión de que no existe tal problema. Abordémoslo brevemente aunque sólo sea porque es de las pocas cosas que todavía escandalizan (oooh!, aaah!, uuuh!...).

Vamos primeramente a exponer, de forma esquemática, cuál es la postura oficial en lo que a raza se refiere y luego desarrollaremos su antítesis, es decir, la “racista”:

-El Sistema niega la existencia de razas como lógica extensión del principio de universal igualdad de todos los seres humanos (pilar fundamental de la ideología liberal) y santifica el mestizaje o mezcla racial. Esto ya constituye una evidente contradicción doctrinal pues ¿cómo mezclar algo que, o bien no existe, o es intrínsecamente igual al otro elemento con que se pretende mezclar? Puedo mezclar leche y cola cao porque al ser sustancias diferentes producen una tercera distinta, a su vez, a las anteriores y que combina sus propiedades. No puedo mezclar leche con leche porque al ser sustancias iguales la mezcla no es tal. De cajón pero incomprensible para los sacerdotes del credo oficial.

-Asumiendo esta primera e inobjetable contradicción, el Sistema propugna que dicha mezcla enriquece ya que aúna las características de ambas razas y da lugar a un ser humano “enriquecido” y, por tanto, deseable y superior al que aún no ha saboreado (retrógrado él) los beneficios de la prodigiosa mezcla. Otra contradicción: si los individuos mestizados han superado a los infelices no mezclados ya no somos todos iguales (al final no va a ser tan sencillo esto de conseguir la bendita igualdad), vaya faena!

Podríamos extendernos pero, en líneas generales, queda referida la doctrina antirracista, en tono semihumorístico, es cierto, pero dadas las conclusiones incoherentes y anticientíficas a que conduce no merece más alta consideración.

El racista se sitúa en las antípodas: las razas existen y ejercen una poderosa influencia en el destino de los pueblos. Su mezcla conlleva la pérdida irreparable, irreversible de esos valores que, dormitando en la sangre, hacen valiosa a una colectividad humana, la distinguen con rotundidad del resto y la vuelven necesaria como elemento singular e insustituible de la diversidad natural.
En palabras de Esparza, lo específicamente humano es la diversidad cultural, por tanto, la lenta desaparición de la especificidad de los hombres y los pueblos implica la muerte de lo humano.

El “problema gitano” es un caso concreto de un más amplio y global problema racial pero que presenta varias particularidades que lo convierten en único, entre ellas que la población española lo viene percibiendo inequívocamente como un problema endémico desde hace siglos.
El gitano se identifica primero por su raza que por su nacionalidad. Así pues, se reconoce abiertamente racista en un tiempo que proscribe el racismo con inusitada virulencia. De lo que se colige que, dependiendo de la raza que lo sostenga, el racismo sí puede llegar a ser permitido por el Sistema.
A lo largo de los últimos años se han producido en España multitud de manifestaciones vecinales, en absoluto animadas por motivaciones raciales (al menos de forma consciente y premeditada), exigiendo el alejamiento de las comunidades gitanas de los núcleos urbanos por ser focos de conflicto tanto de orden público como de índole sanitaria. Ni los gitanos desean integrarse ni pueden y veremos por qué.

Cada pueblo, cada raza tiene un “alma”, una “cultura posible” en expresión de Spengler, que se materializa en el mundo físico, “real” mediante una forma característica del Estado, la religión, el arte, la ciencia, el derecho… a través de realizaciones visibles, tangibles que son una mera cristalización de ese prístino anhelo que descansa en lo profundo de la sangre. Las creaciones artísticas o científicas de orden superior (para las que, como veremos, no toda raza está capacitada) son destellos que hechizan al espíritu sensible, enigmas que acarician nuestros sentidos y nos susurran, fabulosos y seductores, el alma de una gran raza.
Así nacen las distintas culturas, sobre los cimientos de una determinada concepción del mundo o cosmovisión, propia e inherente a cada raza concreta, y en contraposición al resto, que ni comparte ni comprende esa particular visión porque, simplemente, no es la suya. Lo que nos lleva a plantearnos, por ejemplo, la validez de una Declaración Universal de los Derechos Humanos, es decir, si pueden existir unos derechos (o deberes, o leyes, o regímenes políticos o económicos) universalmente aplicables sin tener en cuenta las marcadas diferencias existentes entre las distintas culturas, consecuencia manifiesta de una previa desigualdad de origen racial, genético.

En base a este enfoque podemos distinguir, de modo objetivo, grandes razas que han dado lugar a culturas superiores y han escrito la historia universal, frente a otras que apenas han aportado nada significativo al conjunto de la cultura humana. Entre las primeras podríamos mencionar la cultura babilonia, persa, india, mejicano/precolombina, china, egipcia, árabe y europeo/occidental. El resto constituirían el segundo grupo: pueblos diferenciados, con conciencia de sí mismos pero incapaces de concebir una cultura superior.

Puede parecer cruel pero los hombres no dictan las leyes naturales sino que deben remitirse a acatarlas. Al igual que el león no se avergüenza de su portentosa fuerza (concedida por la “injusta” y antiigualitaria ley natural) una gran cultura no debe hacerlo de su genio creador.

Por otra parte, cada raza, cada cultura reclama un ámbito, un entorno en el que desplegar esa “cultura posible” para que llegue a ser “cultura real” y aquí aparece el sentimiento íntimo del “suelo”, ese espacio místico que la raza llama hogar, tierra y que fundido en sagrada unión con la sangre da origen a la Patria. De lo que se desprende como fruto maduro la afirmación de que ese “suelo” sólo puede albergar a una raza, que articulará la vida de la Patria según lo que la vibración de su alma le murmure, sin la desestabilizadora injerencia de razas alógenas.

Hasta aquí la “teoría racista” cuya praxis, en el caso que nos ocupa, es evidente: el pueblo gitano, ancestralmente nómada, carece de hogar geográfico y habita parasitariamente en el de otras razas (en Europa entre otros) sin respetar ni cumplir sus normas de convivencia pues están diseñadas por y para la raza que las crea y para nadie más. La integración es un sueño, la realidad es el gueto.

Si buceamos en la historia encontramos que los gitanos, en uno de sus numerosos éxodos, llegan, procedentes de Asia Menor, a España a inicios del siglo XV. Poco después Miguel de Cervantes (nada sospechoso de “fascismo” y menos aún de iletrado) ya opinaba así sobre ellos:
“Parece que los gitanos y gitanas solamente nacieron en el mundo para ser ladrones: nacen de padres ladrones, críanse con ladrones, estudian para ladrones y, finalmente, salen con ser ladrones corrientes y molientes a todo ruedo, y la gana del hurtar y el hurtar son en ellos como accidentes inseparables que no se quitan sino con la muerte”.
Por parte del pueblo sencillo o de los más altos exponentes de la cultura siempre fueron sentidos, desde su llegada, como un elemento ajeno y nocivo que indiferentemente bajo los Reyes Católicos o Fernando VI representó una fuente constante de conflicto social y que, por poner un ejemplo más actual, en el reglamento de la Guardia Civil de 1943 se especifica que los gitanos debían ser vigilados de forma especial. Hasta la etapa democrática donde llegamos al punto en que referirse a un “gitano” como tal, aun sin connotación peyorativa, es una actitud ya calificada de “racista” o discriminatoria. Lo que representa una tontería tal como si llamar Juan a Juan fuera discriminarlo frente a los pedros o pacos. Aunque si todos somos ineluctablemente idénticos, clones de un mismo arquetipo humano abstracto y universal, ¿por qué no llamarnos todos Juan?. Y que viva el despropósito.

Resultaría tarea redundante demostrar que la raza gitana pertenece al segundo grupo de culturas anteriormente aludido (no aptas para la creación de acervo cultural y espiritual trascendente) y la española (como parte integrante de la occidental) al primero. Si el entendimiento mutuo entre culturas superiores constituye una quimera, el pretendido entre éstas y las segundas es asunto del todo perteneciente al universo de la fantasía. Y la Política no es, en su mejor acepción, sino el Arte de lo posible. La Historia, el Sino, la Naturaleza tienen su propia lógica, que muchas veces escapa a nuestra inteligencia, y cuando esta lógica es denodadamente ignorada las consecuencias suelen ser desastrosas. Lo que inscrito en el actual marco impuesto por las estructuras planetarias de dominación tecnoeconómica, en el cual la dimensión cultural del ser humano deviene en un mero adorno de la sociedad del bienestar, contribuye a agravar considerablemente el ya de por sí desesperanzador horizonte que se adivina para los que no pensamos renunciar a ser nosotros mismos.

Las grandes culturas todas desaparecieron y la nuestra (sumida de lleno en el atardecer que precede al ocaso), nos guste o no, lo aceptemos o no, está fatalmente abocada a perecer mientras otras surgirán de la “nada” (al igual que nosotros “dormíamos” durante los 3000 años de civilización egipcia) por misterioso resorte de la historia. La diferencia está en si el final será el digno de un fascinante trayecto o si los libros recordarán que fenecimos por carecer del más elemental coraje para defender nuestra propia existencia.

Joaquín Verdú