jueves 19 de marzo de 2009

CINE: EL CLUB DE LOS POETAS MUERTOS

El Arte (admitiendo que aún exista en su consideración más elevada) ha perdido, a día de hoy, su función como vehículo para expresar nobles sentimientos, la dignidad, belleza y bondad que han de servir como ejemplo a los hombres. Como espejo, forjado por espíritus superiores e idealistas, en el que se ha de mirar el pueblo para mejorar y ascender en el camino que nos conduce a ser personas.
Parece obvio que en el presente se ha producido también una inversión de valores en esta parcela primordial y (como ya vislumbrara Ortega) son las masas, indóciles, las que dictan el pulso “artístico” negándose a ser iluminadas por las élites. Sólo así se explica que personajes propios de sanatorio mental o de circo deprimente sean los máximos exponentes de nuestra “cultura”.
El “arte” del mercado capitalista sugiere sólo la fealdad de un mundo sin alma, oscuro, deforme, repleto de perfiles fantasmales, hierros retorcidos, manchas desfiguradas destinadas a decorar sucursales bancarias o ritmos caribeños y ruidos aberrantes para bailar drogados en agujeros inmundos.
La sensibilidad para apreciar la verdadera belleza ha sido arrancada del hombre contemporáneo y, sin embargo, florece cada vez que de forma extraordinaria, inusual, sentimos en un lienzo, una melodía o un verso el eterno lenguaje de lo bello que sólo el alma puede descifrar.
El mismo pueblo que alumbró el teatro de Calderón o la poesía de Quevedo se tiene que contentar hoy con el deplorable cine de Almodóvar. Aunque tampoco es cuestión de lamentarnos porque lo que pretendemos es, precisamente, poner de relieve que circunscribiéndonos ahora al Séptimo Arte nos es posible todavía descubrir, de forma ocasional y entre una abrumadora mayoría de productos abyectos, auténticas perlas: entre otras, maravillas de la factoría Disney (antes de quedar desvirtuada a partir de 1985 su esencia en manos del magnate Michael Eisner) como Mary Poppins, la fábula navideña de Frank Capra ¡Qué bello es vivir!, la oscarizada Braveheart o la que nos ocupa hoy: El club de los poetas muertos. Paradójicamente, obras en su mayoría nacidas en una viciada sociedad norteamericana que persigue, obstinada, la exportación del modelo neoliberal y la moral mercantil al resto del planeta.
Dirigida en 1989 por Peter Weir, conocido por El show de Truman, la película narra la relación que se establece entre varios alumnos y un singular profesor de literatura que pretende iniciarles en algo que no cabe en los angostos pasillos del adormecedor sistema educativo, que despierta en ellos el apetito por una novedosa y estimulante concepción del mundo que brota, cautivadora, de la sentencia de Horacio “Carpe Diem”: ¡estamos vivos!, mientras fluya coraje por nuestras venas no perdamos la ocasión de sacarle a la vida “todo el meollo”. Esa es la idea a la que sirve el Club.
En el reparto encontramos, junto a unos jovencísimos Ethan Hawke y Robert Sean Leonard, al veterano Robin Williams en el papel del ingenioso y rebelde profesor Keating (que le valió una nominación al Oscar), sin duda una de las mejores interpretaciones de su dilatada trayectoria entre el drama y la comedia. Claro que ésta es una Tragedia, género predilecto del alma europea (Sófocles, Shakespeare…) antes de sumergirnos hasta el cogote en el cenagal de la modernidad. Si bien se acerca más al concepto de Tragedia de “personalidad” de Shakespeare que al de “acontecimiento” griega: es el especial temperamento de los protagonistas, como en Hamlet, lo que hace posible que la Tragedia sea tal.
Nos situamos de comienzo en una acreditada y estricta academia americana a la que las familias de la más exquisita sociedad envían a su prole con el único fin de fabricarse un sólido porvenir como futuras piezas, sumisas y obedientes, de la sociedad competitiva de producción. Una academia que fabrica androides programados y no seres humanos con capacidad de crítica y decisión, es decir, Libres.
Particularmente reveladora es la secuencia en la que el maestro, en un alarde de sus poco convencionales métodos de enseñanza, traslada la clase a los jardines del centro. Pone a los alumnos a caminar libremente para que comprueben lo difícil que resulta no seguir la cadencia de los más, no imitar el gesto mayoritario. Nadar contracorriente es duro, pero lo contrario nos encamina de modo irremediable a la uniformación de los espíritus, a una perversa homogeneidad, a la nivelación por lo bajo y ruin. Condición previa, sine qua non para la sociedad de masas. Sólo la férrea voluntad unida a una innata aptitud, debidamente esculpidas, crean al hombre de genio, visionario, pionero, conductor de hombres, guía, Jefe. O sea, al edificador de la sociedad jerarquizada y orgánica, antítesis de la anterior.
Y la poesía. Claro. Nada existe en el mundo que merezca más la pena, nada capaz de reflejar las pasiones humanas, la alegría de vivir como la música y la poesía. Durante una lección dedicada al frío análisis de la perfección y excelencia poéticas se desarrolla otra de las escenas clave de la cinta. La poesía no se puede medir ni explicar a través de inertes y rígidas fórmulas, diagramas y ecuaciones. La poesía emerge en estampida de la sangre, escupida en oleadas por los latidos de un corazón que siente, ama, odia, se retuerce de dolor o de gozo. Pero que no analiza, metódico y minucioso, con la calculadora o la caja registradora del gélido intelecto.
Al final sólo unos pocos permanecen leales a la llama encendida por el díscolo profesor Keating. El resto, encarnación de la vulgaridad y la cobardía, jamás logró interiorizarlo, vibrar con ello. Porque las grandes historias siempre fueron emprendidas por un reducido grupo, de poetas y soñadores, contra la apatía, el conformismo y la tiranía del rebaño de lo cómodo y fácil. La ley del número y las mayorías sólo rige en el feudo de las urnas, nunca en el reino de los supremos designios.
Aprovechémonos pues de los escasos vestigios de encanto y hermosura con que, entre el hedor del estercolero, podemos aún deleitarnos. Son pocos pero están al alcance de la mano. El club de los poetas muertos emana fidelidad, amistad, honor, amor, osadía, en una visión romántica y apasionada de la existencia, un canto a la sensibilidad y la aventura que nos transmite, como el verso de Schelling, el tembloroso presentimiento de otra vida, muy cercana.

Joaquín Verdú