Un terremoto ha sacudido al Viejo Continente. La economía real se encuentra hundida en la grieta abierta por la debacle financiera del año pasado. Las sociedades caídas en las entrañas de la tierra ya no encuentran sustento para todas sus familias. Y mientras tanto, las cómodas certidumbres del pasado son aplastadas entre las placas tectónicas de la avaricia y la miopía.Lo que ha comenzado a ocurrir esta semana en el Reino Unido es un signo del cambio de era que ese seísmo económico comporta. Después de décadas de transigir a regañadientes con la globalización, los trabajadores británicos se han asomado estos días desde la resquebrajadura de la crisis para exigir la prioridad nacional en cuestiones de empleo.
La revuelta empezó el pasado miércoles 28 de enero cuando unos 600 obreros de la construcción que trabajan en la refinería de petróleo de Lindsey, en el condado inglés de Lincolnshire, comenzaron una huelga no autorizada. Protestaban contra la reciente llegada de 200 trabajadores italianos y portugueses que han sido contratados en sus países de origen para unas nuevas obras que tendrán lugar en esa instalación industrial.
Los argumentos son los de siempre. Los trabajadores afectados afirman que se emplea a extranjeros porque son más baratos y se quejan de la discriminación laboral que sufren en su propia tierra. La empresa – la petrolera francesa Total – se lava las manos del asunto y alega que la nueva obra fue adjudicada en una subasta pública a la compañía italiana IREM, que prefiere utilizar a los trabajadores que ya tiene en nómina.
Sea como fuere, el pasado viernes los manifestantes de Lindsey fueron respaldados por más de 2000 obreros especializados repartidos por diversos puntos de la geografía del Reino Unido. En la refinería escocesa de Grangemouth hasta 700 operarios abandonaron sus puestos de trabajo mientras las protestas se contagiaban desde las plantas procesadoras de petróleo a varias centrales energéticas. Incluso se habla de una inminente marcha sobre Londres para exigir “trabajos británicos para trabajadores británicos”.
Aunque de momento la protesta británica es bastante pequeña y localizada, refleja tres de los principales acontecimientos que el terremoto económico ha hecho asomar en el horizonte europeo.
1. Ante el crecimiento desbocado del desempleo no se va a seguir tolerando sin más la importación de mano de obra barata desde el extranjero. Cuando la economía europea no paraba de crecer la migración económica contaba con argumentos que la justificaban ante la opinión pública. Ahora que se ha hundido, la presencia de extranjeros en los sectores más sensibles de la economía va a crear cada vez más tensiones.
2. Los sindicatos mayoritarios no han secundado oficialmente las huelgas no autorizadas de los trabajadores británicos, cosa que sí ha hecho el Partido Nacionalista Británico (BNP). Un representante de esa formación comentaba al diario The Times que el pasado jueves 29 de enero fue “un gran día para el nacionalismo británico”. Desde luego, el obrerismo nacionalista está ante su gran oportunidad histórica en toda Europa. Si los sindicatos no se adaptan a las realidades del momento corren el riesgo de quedar irremediablemente desprestigiados ante las clases trabajadoras autóctonas, que buscarán otras alternativas más radicales que representen mejor sus intereses.
3. No hay que pasar por alto que la protesta británica se origina por la importación de trabajadores desde otros países de la Unión Europea. Y es que el resurgir del nacionalismo y la discrepancia entre los diversos intereses de los países miembros pondrá en serios aprietos al coloso burocrático de Bruselas. Ya se ha comenzado a murmurar sobre la posibilidad de que algún país se salga del euro en un futuro próximo. La huelga de Lindsey apunta también contra la libre circulación de ciudadanos europeos. El desarrollo de la situación plantea por tanto una pregunta ominosa: ¿Podrá sobrevivir la Unión a las brutales contradicciones internas a las que se va a enfrentar en el próximo lustro?
Pase lo que pase, una cosa queda clara: después del seísmo de 2008 nada va a ser igual que antes.
Sancho Quijano