Hace poco nos ocupábamos de aquella generación que en torno al teatro y a la revista “La Codorniz” escribió una página audaz de nuestro pasado reciente. Página arrancada con sigilo, como tantas otras, porque su luz ciega a los amantes de la cloaca.
Nos acordaremos de otros “malditos” cuya obra, más allá de hueras etiquetas políticas, respira aires nuevos, ajenos a la viciada atmósfera del vertedero “cultural” contemporáneo.
Eduardo Marquina. Catalán ilustre, entonó con pasión homérica, sin mesura, los anhelos del alma española:
No os preguntarán por mí,Que en estos tiempos a nadie
le da lustre haber nacido
segundón de casa grande;
pero si pregunta alguno,
bueno será contestarle
que, español, a toda vena,
amé, reñí, di mi sangre,
pensé poco, recé mucho,
jugué bien, perdí bastante,
y, porque esa empresa loca
que nunca debió tentarme,
que, perdiendo ofende a todos,
que, triunfando alcanza a nadie,
no quise salir del mundo
sin poner mi pica en Flandes.
Tachado por algunos de anacrónico o arcaico, es el suyo un teatro poético que merece un puesto entre nuestros grandes clásicos. Como en “Las hijas del Cid” (1908) o “En Flandes se ha puesto el Sol” (1910), obras en las que alaba el honor y la nobleza españoles, castellanos, las virtudes espirituales frente al materialismo: “Muy viejo estoy; y hoy los mozos ya no sois de nuestra pro, ni entendéis como nosotros los deberes y el honor”.
Es la segunda obra citada un drama en verso apologista y nostálgico de un imperio que nunca volverá. España es un imperio, no sólo de tierras sino fundamentalmente del ideal y el espíritu:
Sois bravo, ésta es tierra extraña; No olvidéis, cuando en su saña La vida una carga os sea, Que morir en la pelea Es morir dentro de España.De ella nos quedará siempre el estremecedor brindis de los Tercios:
¡Por España, y el que quieradefenderla, honrado muera;y el que, traidor, la abandone,no tenga quien le perdone,ni en tierra santa cobijo,ni una cruz en sus despojos,ni las manos de un buen hijopara cerrarle los ojos!Suya es también la primera letra oficial que tuvo el Himno Español (Marcha Real) por encargo de Alfonso XIII:
Gloria, gloria, corona de la Patria, soberana luz que es oro en tu Pendón. Vida, vida, futuro de la Patria, que en tus ojos es abierto corazón.Púrpura y oro: Bandera inmortal; en tus colores, juntas, carne y alma están. Púrpura y oro: querer y lograr; Tú eres, bandera, el signo del humano afán. Gloria, gloria, corona de la Patria, soberana luz que es oro en tu Pendón. Púrpura y oro: Bandera inmortal; en tus colores, juntas, carne y alma están.
Alejandro Casona. Fue un altísimo dramaturgo en el más genuino sentido del término. Poeta de lo español como Marquina, escoge al Quevedo del siglo de oro como héroe de un teatro con tintes épicos y trágicos en “El caballero de las espuelas de Oro”, obra magistral estrenada en 1964 y que supuso su regreso al público español tras su interminable exilio americano. Su regreso a la España a la que tan unido se sentía metafísica y espiritualmente.
Casona nombra a Quevedo depositario y guardián de los mejores atributos del hidalgo español: el honor, la valentía, la “negra honra”, esa forma nuestra del orgullo que señoreaba nuestra alma y soplaba furiosa hinchiendo las velas de nuestros bajeles.
Fue uno de los autores más representados en el inolvidable programa Estudio1 que Televisión Española consagró al teatro desde 1965, cuando aun era posible disfrutar de contenidos dignos en el medio televisivo.
Premio Nacional de Literatura en 1932 gracias a “Flor de Leyendas”, una pequeña joya literaria en la que Casona vierte su vocación didáctica y, en un lenguaje poético, sencillo y puro, acerca los grandes temas de la literatura legendaria a la siempre ávida curiosidad infantil. El alumbramiento de Cristo, el destierro del Cid, Héctor y Aquiles, Lohengrin o Guillermo Tell son esbozados por la mágica y grácil pluma de Casona con el fin de cautivar el alma soñadora del niño. También para ellos (los niños, pues nunca pensó escribir libros idiotas para niños ni libros para niños idiotas) cantó la gesta de Pizarro en el Imperio Inca en “Vida de Francisco Pizarro”, ya que entendía la edad temprana del espíritu como “la etapa de interés predominante por la acción, el movimiento y la aventura”. Desde un porquerizo del pueblecito extremeño de Trujillo, del niño descalzo y solitario, surge el guía, el jefe, el héroe que conquista nuevos mundos para su emperador. El lenguaje de Casona alcanza una belleza sublime para acercarnos a los momentos heroicos de un tiempo a la vez misterioso y fascinante: “…pero pronto Pizarro levantó la frente. Sus ojos, secos y encendidos, miraban ahora de frente, iluminados por una extraña luz; sus manos, sagradas en aquel momento, temblaban palpitantes. Desenvainó su espada y, trazando con ella una larga raya en la arena, de Oriente a Occidente, pronunció estas palabras, que brillarán eternamente en el libro de los héroes:
-Amigos, allí está el Sur. Por ahí se va hacia la muerte y hacia la gloria. Por este otro lado, hacia la comodidad y la molicie. ¡En nombre de España, amigos, el que tenga corazón, que me siga! Y así diciendo, cruzó la raya hacia el Sur. Un gran silencio de emoción siguió a estas palabras.

De pronto, Bartolomeo Ruiz, el bravo piloto, cruza la raya de un salto y se arroja en brazos de su capitán. Después otro, y otro, y otro… Hasta trece, cuyos nombres conserva la historia. Pizarro aguarda aún. Después, con un gran gesto de perdón, mira por última vez a los desertores, que bajan la cabeza avergonzados, y estrecha las manos de los suyos. Son trece; descalzos, con las armaduras rotas, con las ropas podridas al Sol y la lluvia encima de la carne. Con aquellos trece hombres, sin buques y abandonados en una isla del Pacífico, Pizarro se siente capaz de conquistar un país desconocido y salvaje más grande que Europa.
Es el gesto más bello que recuerda la historia del mundo…”.
Joaquín Verdú.