
Habida cuenta de que las más grandiosas culturas humanas no son más que partículas infinitamente pequeñas que surgen y mueren en una mota de polvo que flota en la inmensidad del cosmos; habida cuenta de que cualquier esfuerzo, por más que quede inscrito en el divino ciclo, no deja de producir resultados efímeros y que la vida, que tan alegremente desperdiciamos, se acabará evaporando en ese continuo peregrinaje de almas sin un objetivo ni finalidad aparente; habida cuenta de todo eso, lo que aquí se pueda tratar tiene, en efecto, una importancia relativa. Pero somos hombres, no dioses, y nuestras pequeñeces, del aquí y del ahora, nos importan.
Casualmente, o no, uno de los vicios más insistentes de las culturas en declive es negarse a sí mismas. Hace bien poquito manifestaba Rajoy que la polémica ley de libertad religiosa, que en breve implementará el PSOE y que conllevará la retirada de crucifijos en las escuelas, era algo que a pie de calle no preocupa, no genera debate, pues lo que en realidad obsesiona y desvela a los españolitos es el paro y la crisis. Y es verdad. Certero analista este Rajoy.
Porque la derecha economicista, contrariamente que la izquierda, no concibe otro ideal o principio que el dinero cambiando de manos, cuanto más deprisa mejor: producir más, más barato, más rápido, tener más para gastar más, y ¿habrá algo más aparte de esto? ellos opinan que no. Toman el pulso a los apetitos de la masa y la aguja marca dinero. Trasladan esto a su discurso programático y a esperar que las urnas sean más benévolas la próxima vez. Mientras tanto la izquierda va demoliendo el suelo bajo nuestros pies a tal ritmo que nuestros hijos ya no tendrán dónde pisar.
Dónde pisar ni a qué agarrarse. Porque si nos borran el pasado, si el olvido cerca y ciega al hombre con tupido velo, ¿para qué caminar? ¿hacia dónde ir? El consumo, la búsqueda del bienestar, bien que necesarios, no pueden guiar a colectivo humano alguno a otro lugar que a la propia extinción. Sin fe estamos perdidos. No, señores de la derecha, el proyecto de arquitectura social progresista del gobierno no es una “cortina de humo” con que cubrir la crisis económica sino al revés: el debate sobre la situación material sirve para disimular nuestro enterramiento como cultura. En resumidas cuentas: la izquierda está fanáticamente decidida a derribar las piedras del ayer, esas que erigieron nuestros antepasados y definen lo que somos; en cambio, la derecha ni se plantea remotamente su defensa. Porque las crisis financieras van y vienen, media población se arruina, la banca saca tajada y se restablece el “equilibrio”. Pero si una cultura muere no hay resurrección que valga; que se lo digan si no al invencible Imperio Romano.
Pudiera parecer aventurado o especulativo ahondar, a través de la letra muerta y de la memoria de los hechos, en lo recóndito del vertiginoso trayecto que hasta aquí nos trajo; y, sin embargo, nada tan fecundo y prometedor como preguntarnos quiénes somos.
Y parece mentira, pero esta Europa, en la que Inglaterra, Francia o Alemania son ya potencias de quinta fila, cada vez más alejadas del tablero mundial donde los que ahora mueven ficha son Rusia, China, la India o EE.UU. (con una hegemonía residual de éstos últimos que parece anunciar un progresivo apagamiento); esta Europa, digo, fue, no hace tanto, señora inapelable del planeta. En un siglo lo hemos perdido todo. Y aún nos queda perder más…
Cuando dicha Europa balbuceaba, antes de dar sus primeros pasos entre el románico y el gótico, entre las brumas de ese amanecer primaveral que todo lo tiñe de rosa, fueron el incipiente reino de Asturias, el imperio carolingio en Tours y Poitiers, y todos los nacientes reinos hispánicos durante ocho siglos, la égida de esa cultura en pañales ante el todopoderoso Islam. El homo hispanus, fraguado en acero en esa multisecular cruzada, entre castillos y cordilleras, fue conquistando, al tiempo que el territorio del antiguo reino visigodo de Toledo, el derecho a liderar la expansión europea allende los límites del mundo conocido. Pero, ¿cómo eran los hombres que hicieron posible tamaña gesta?
Cuando el alma desnuda de una cultura novicia abre los ojos por vez primera descubre en derredor un universo ignoto y pavoroso; lejanamente comienza a intuir su sino como un trágico y doloroso mandato y se aterra ante el abismo de la Gran Historia, que se abre ante ella como una rugiente tempestad. Es una senda abrumadora, no elegida y, por tanto, inevitable e irreversible. Cada paso, cada avance, nos acercará más a la muerte. De aquí, de ese intrínseco terror, nacen, de modo indefectible, con íntima necesidad, la fe y la caballería. Eso fueron los tiempos homéricos para los griegos y el medievo para nosotros. Etapas posteriores juzgan de atraso y barbarie estos periodos, sin poder ya comprender, en su decrepitud, el sincero torrente vital que en ellos se desborda. Y, sin embargo, senectud y muerte son tan parte de la vida como nacimiento y niñez.
Y en la niñez de la cultura occidental, ¿jugó el homo hispanus un papel secundario, anecdótico?, lo que de entonces podemos averiguar nos inclina a afirmar que no. El insigne historiador Claudio Sánchez Albornoz demostró cómo la caballería y la costumbre de ungir a los emperadores fueron introducidas en la Francia carolingia por los numerosos hispanogodos emigrados de la península tras la conquista islámica. El filólogo e historiador alemán Michael Hesemann comprobó que las leyendas que dieron lugar a la gran épica medieval del ciclo artúrico y a sus más representativas poesías (“Perzeval” de Wolfram von Eschenbach o el Perzeval francés de Chretién de Troyes) no tienen su origen en Inglaterra ni Francia sino en España. Y el gran castillo donde monjes-soldado custodiaban el Santo Grial no era otro que el monasterio de San Juan de la Peña en el pirineo aragonés, cuna del reino de Aragón y parada habitual del camino de Santiago, a través del cual los peregrinos transmitieron el misterio del cáliz de Cristo por todos los rincones de Europa.
Cabría añadir la proliferación de las obras de San Isidoro de Sevilla o del Liber Glossarum, auténtica enciclopedia de sabiduría medieval redactada por mozárabes hispanos en el siglo VIII.
Estos retazos pueden darnos idea de que, más allá de toda exaltación chauvinista, resulta indudable la relevancia objetiva de la aportación hispánica a la configuración de la personalidad de Occidente durante la temprana Edad Media. Y, si bien es cierto que sus reinos no participaron formalmente en el mayor hito de la caballería europea, las Cruzadas a Tierra Santa, el Papado y los demás reinos de la cristiandad reconocieron que la lucha de los cristianos españoles contra el Islam constituía una permanente y auténtica Cruzada. Cruzada sin la que España ni quizá Europa existirían.
En este contexto histórico, caballeresco y monacal, escribe el mallorquín Ramón Llull (Raimundo Lulio en castellano) su “Libro de la Orden de Caballería”. El mayor místico medieval consigue internarnos en una constelación de belleza singular, de una maravillosa candidez y dureza a la vez; mostrando una visión de nuestra Edad Media que dista mucho de la que ciertas literatura e historia, contaminadas de ideología “ilustrada”, han querido presentar desde la Revolución Francesa. En sus páginas hallamos a un noble caballero que, tras mantener el alto honor de la caballería en guerras y torneos, escoge la vida ermitaña por impedirle ya la vejez el ejercicio de las armas. Retirado en un bosque, decide legar su sabia experiencia a un joven escudero que anhela ser armado caballero. Llull nos desvela lo que ser caballero significa:
“Al comenzar en el mundo el menosprecio de la justicia por disminución de la caridad, convino que justicia recobrase su honra por medio del temor; por eso de cada mil fue escogido un hombre más amable, más sabio, más leal y más fuerte, y con más noble espíritu, mayor instrucción y mejor crianza que todos los demás. Se buscó entre todas las bestias la más bella, la más veloz y capaz de soportar mayor trabajo, la más conveniente para servir al hombre. Y como el caballo es el animal más noble fue escogido entre todos los animales y dado al hombre que fue escogido entre mil hombres; por eso aquel hombre se llama caballero”.
Pero este caballero estaría huérfano sin una fe que aliente en su corazón: “Oficio de caballero es mantener y defender la santa fe católica, por la cual Dios Padre envió a su Hijo a tomar carne en la gloriosa Virgen, Nuestra Señora Santa María, y para honrar y multiplicar la fe sufrió en este mundo muchos trabajos y afrentas y penosa muerte. Y el Dios de la gloria ha elegido a los caballeros para que por fuerza de armas venzan y sometan a los infieles, que cada día se afanan en la destrucción de la santa Iglesia. Al caballero se le da espada, que está hecha a semejanza de cruz, para significar que así como Nuestro Señor Jesucristo venció en la cruz a la muerte en la que habíamos caído por el pecado, así el caballero debe vencer y destruir a los enemigos de la cruz con la espada”.
Llull nace en 1235, en plena fase de arrollador avance cristiano tras el formidable episodio de las Navas de Tolosa en 1212; forma parte de las cortes de Jaime I y Jaime II, exhorta al Papa Nicolás IV a emprender nuevas cruzadas, escribe y predica. Es, en fin, una de las figuras más representativas de esa enfervorizada y descarnada concepción de las relaciones del hombre con la divinidad, que había torturado a los moradores de Hispania desde antes del siglo VIII, y que siguió torturándoles a lo largo de los tiempos; recrudecida con las invasiones sarracenas hasta conferir un carácter peculiar a los hombres y reinos que brotarían en este suelo. Carácter que en adelante será ya indisoluble de esa fe ardiente e impetuosa…
Joaquín Verdú